jueves, 6 de junio de 2013

La Casa Embrujada (Historia).

Jimena, muy seria, observaba por la ventanilla del vehículo, con un aire melancólico; Ramón lo notó, pero no lo dijo, fingió ir atento al camino. Ella era delgada y menuda, de labios finos, y a pesar del maquillaje ya se le notaban algunas arrugas. Él era más joven, alto y de hombros anchos. Una nube de polvo viajaba tras el auto, y en aquel paisaje no había más casas que algún aislado hogar de campesinos; todo lo demás era tierra sembrada, campo, o arboleda. El terreno era accidentado, y desde la perspectiva del camino, el auto desaparecía por momentos y reaparecía sobre las lomas. Algunas lagartijas se bañaban en sol sobre piedras, e huían rápidamente ante el ruido del motor. También los perros de las pocas casas reaccionaban ante su paso y salían a ladrar, mas como el sol ya estaba fuerte, regresaban enseguida meneando la cola, y desde la sombra veían al auto alejarse con su nube de polvo detrás. Ramón frenó el auto frente a un portón de rejas. - ¡Llegamos! - dijo Ramón. - ¿Es aquí? Está bastante alejada de la última casa que vimos - comentó Jimena. - Así está bien, sin vecinos molestos. Voy a abrir la reja. Al ingresar a la propiedad atravesaron un jardín frondoso y algo descuidado. La casa fue apareciendo de a poco entre los árboles. Ya frente a ella Ramón preguntó: - ¿Y, qué te parece? ¿Te gusta? - Es… es bastante vieja. Tiene un estilo victoriano… - Pero ¿Te gusta? - Sí… pero, creí que habías comprado una más nueva, Esta debe tener mucha historia. - Y acaso eso es un problema. La construcción está muy bien, es fuerte. Apenas entraron se escuchó algo que sonó como una exhalación, y resonó en toda la casa. Jimena tomó a Ramón del brazo. - ¿Qué fue eso, ese ruido? - preguntó. - Calma querida, sólo fue el viento cruzando por los árboles. - No, fue aquí adentro, en la casa. - A mí me pareció que fue afuera. En el fondo también hay árboles. - Sí, debe haber sido eso, el viento. Bueno, vamos a desempacar. El trayecto desde el cuarto que iba a ser su habitación hasta el auto, era bastante largo, y cuando Ramón fue a buscar otras maletas Jimena quedó sola. La habitación era amplia pero tenía muchos muebles: Había una cómoda antigua, llena de cajones, también un tocador con un gran espejo oval, una mesa donde había varios candelabros con velas, y el más grande de los muebles era un ropero enorme y oscuro. Las puertas del ropero se abrían hacia afuera, y rechinaban horriblemente. Jimena comenzó a guardar la ropa adentro. Habían dejado las maletas sobre la cama, y al darle la espalda al ropero para tomar más ropa, escuchó que todas las puertas se cerraron de golpe. Se volvió con un grito. Un instante después Ramón entró a la habitación y la vio mirando al mueble con cara de espanto. - ¿Qué pasó, por qué esa cara? - preguntó Ramón poniendo su mano en el hombro de su esposa. Ella se abrazó a él. - Las puertas del ropero, yo las abrí y después se cerraron solas, ¡me asusté tanto! - A ver, vamos a revisarlas. Son las bisagras, tienen como una especie de resorte - Ramón las abría y cerraba haciéndolas rechinar. Llegó la noche. Mientras Jimena preparaba la cena, pensaba en su situación actual, y las cebollas que picaba la hacían llorar también. La idea de mudarse a un lugar más tranquilo, apartado de la cuidad, había sido de ella. En el fondo su intención era alejar a su marido de las miradas de mujeres jóvenes. Ella no había podido darle un hijo, y se sentía insegura. Ahora sentía que todo le había salido mal, aquella casa la aterraba, sentía que tenía algo… Cuando la comida estuvo pronta, fue hasta la biblioteca de la casa, que era grande y lúgubre como todas las habitaciones; allí estaba Ramón, trabajando en su computadora. - Esta lista la cena querido - dijo Jimena. Él estaba pálido y miraba hacia una estantería. - Vamos a comer entonces - alcanzó a decir Ramón, con la voz entrecortada. - ¿Qué tienes, estás pálido? ¿Te sientes mal? - No, estoy bien. Una mala noticia en mis negocios, nada para preocuparse mucho. - ¡Pero, estás blanco como un papel! - ¡No tengo nada! Vamos a cenar ¿Sí? Al salir de la biblioteca Ramón le echó una mirada a la estantería de libros que observaba al entrar Jimena. Cenaron casi sin hablar, en la casa reinaba un silencio de sepulcro. Se fueron a acostar temprano. Minutos después Ramón parecía dormir, Jimena no podía siquiera cerrar los ojos, y medio sentada en la cama recorría la penumbra de la habitación con la mirada. De repente escuchó pasos que avanzaban por el corredor. Los pasos dejaron de sonar frente a la puerta, y seguidamente esta comenzó a abrirse lentamente. Jimena ya estaba completamente aterrada, sacudió el hombro de Ramón intentando despertarlo, él no reaccionaba. Tras la puerta asomó la cabeza de una anciana horripilante. La anciana comenzó a estirar el cuello como si fuera una tortuga, moviendo la cabeza hacia los lados con lentos movimientos. Jimena lanzó un grito de terror, la anciana retrajo la cabeza y cerró la puerta. Ramón se incorporó sobresaltado. - ¿Qué pasó? - preguntó. - ¡Algo horrible… algo horrible! Mi corazón, dame el remedio - Jimena terminó hablando con un hilo de voz. Desde hacía un tiempo sufría del corazón, y el susto la había alterado mucho. Con un nuevo susurro volvió a decir: - Dame el remedio… mi corazón… - Ramón se levantó y fue hasta la cómoda. - ¿En cual cajón está? - En aquel - Jimena levantó el brazo derecho para señalarlo, al izquierdo lo tenía paralizado. Ramón abrió el cajón y comenzó a revolver lo que había en él. Jimena respiraba como un fuelle roto, y unos lagrimones corrieron por sus arrugas. La vida se le escapaba, su corazón apenas latía. Mientras tanto Ramón seguía revolviendo el cajón. Él estaba de espaldas a la cama, y de repente comenzó a reírse. Se volvió hacia Jimena y le mostró el frasco de las pastillas para el corazón. - Aquí están, ¿las quieres? Ven a buscarlas ¡Jajaja! - Jimena lo miraba horrorizada. Jimena abrió la boca y después la fue cerrando lentamente: su corazón se había detenido. Ramón le tomó el pulso; había muerto, la había matado y nadie lo podía culpar. Salió de la casa he hizo una llamada por el celular. Lo atendió una voz de mujer. - Está hecho - dijo Ramón. - Quieres decir que está… - habló la voz de mujer - Sí, Jimena está muerta. La casa está embrujada tal como dijiste. Cuando estaba en la biblioteca vi algo que casi me mató del susto, sino estuviera en buena forma la casa me mata también.

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